“Si pudiera darle sólo una valiosa información a una mujer que acaba de dar a luz, sería esa: el bebé llora lo que la madre calla.

Como Doula Post-Parto, siempre veo que sucede. Bebés que lloran sin parar, teniendo pecho ilimitado, teniendo sling, teniendo madre a tiempo completo, teniendo baño de jacuzzi, teniendo música clásica y sonido del útero sonando. Lloran. Sin parar.

Pero ellos no lloran, de verdad. Quien está llorando – por dentro – es la madre, inmersa en el caos del puerperio, entre la privación intensa de sueño y las dificultades de amamantar. La madre calla el llanto, y carga la angustia que dar a luz trae: la responsabilidad eterna de cuidar de otro ser. El fin de la mujer que conocía. El nacimiento de una nueva mujer que es una completa desconocida. Todo el peso que pone un hijo en el mundo significa que recae sobre sus hombros. Y ella calla. El dolor es silenciada, porque casi nadie entiende realmente el peso del puerperio.


El puerperio es un agua contenida, que tarde o temprano necesita ser liberada. El bebé son las compuertas abiertas.
Y el agua está hecha un diluvio! Y el bebé va a llorar. Va a llorar la falta de descanso de su madre. La falta de complicidad de su marido. Las dificultades de amamantar. El parto que no siempre sale como lo soñó. El miedo a fallar que su madre carga. Va a llorar el cuerpo que se revela tan deforme.
Nunca se han diagnosticado tantos bebés con cólico, con reflujo y alergias como hoy. Enfermedades que justifican la misma cosa: el llanto que no cesa. Nunca la maternidad fue tan solitaria como es hoy.
Antes, cuando una mujer daba a luz, su madre, abuela, tías, vecinas, todas se encargaban de cuidar a su nueva madre. Cuidar de la casa, de la mujer, ayudarla. Hoy no.
Parimos (y re-Nacimos) y estamos solas. Nadie maneja nuestro desastre – de la casa y del alma. Y nuestros hijos lloran, todo lo que no tenemos tiempo – mientras arreglamos el caos exterior.


Recuerdo bien, en el puerperio de mi segundo hijo, cuando respondí grosero a mi madre. Me volé en lágrimas, y grité mientras me alejaba de la casa: ” Puerperio, mamá! Simplemente, puerperio!”
Y lloré. Largos días. Aceptando y acogiendo mis sombras. Respetando el dolor que el nuevo puerperio traía. Y cuanto más lloraba y hablaba, más mi bebé se pacificava. Y todo fluía en el curso natural: yo a mi hijo de llorar mi angustia.
Si tu hijo llora, mírate. Mira lo que te duele.
Y llore… el sueño, el dolor, el parto, el miedo, el amor. Todo esto es demasiado intenso y demasiado grande. Hay que vivir, hablar y también llorar..
Cuidar de sí misma es la primera forma de amar a su hijo. Solo podemos cuidarnos al otro cuando nos cuidamos.”

Texto: Bruna Estrella

Fuente: #EntrelazadosContigo

Tomado del facebbok: Mamakilla Asociación Civil

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